Hace siglos existió un impuesto a las ventanas. Estos son los restos arquitectónicos de una ley calamitosa

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Por todos es sabido que los impuestos tienen efectos distorsionadores en la sociedad. El alza de precios del tabaco hace que algunas personas lo dejen y regiones administrativas con tributaciones más beneficiosas atraen la inversión, arrebatándosela a las regiones vecinas. Estos posibles efectos secundarios, algunos deseables y otros no, son los que un buen gobernante deberá tener en cuenta antes de implantar un nuevo tributo.

Tal y como ha recogido el fotógrafo Andy Billman en una de sus últimas exposiciones, si paseas hoy en día por ciertas zonas de Reino Unido, Francia o Irlanda, puedes encontrarte un ejemplo vivo de una chapucera planificación fiscal cuyos efectos sobreviven en el plano arquitectónico.

Un infierno tapiado de buenas intenciones

Para compensar las pérdidas derivadas de la degradación de las monedas, Guillermo III planteó un impuesto a la propiedad basado en el número de ventanas de una casa, una prehistórica medición de la renta individual, un tributo progresivo: a más ventanas, es probable que seas progresivamente más rico.

¿Por qué este sistema y no otro? Por dos motivos, como explican en este trabajo de historia de economía. El primero y más importante: en la época de mediados del siglo XVII en la que se encontraban, la idea de la revisión sistemática de los ingresos de los individuos se consideraba una intromisión gubernamental intolerable. No había registros de lo que poseía el acaudalado marqués o el pobre de la esquina. Segundo, ya se había visto un conato de impuesto a la renta en relación al número de chimeneas o escaleras dentro de una casa, pero los “hombres de la chimenea” acabaron siendo detestados. Su presencia se sentía como la de alguien que violaba el sagrado espacio del hogar. Solución: no entrar. Las ventanas están a la vista de todos.

En principio, el impuesto tenía dos partes, una tasa fija de dos chelines por casa, el equivalente hoy a unos 16 euros, y una parte variable en función del número de ventanas: las casas con ventanas de 10 a 20 pagarían cuatro chelines más, y las que tengan más de 20 ventanas, ocho chelines. Una casa de 20 ventanas pagaría, por tanto, el equivalente a unos 78 euros anuales. Si esto era así en 1969, las siguientes crisis económicas fueron subiendo las cuantías. Por ejemplo, en 1747 se cambió la computación de las ventanas a una individual: seis peniques por ventana para casas con entre 10 y 14, 9 peniques por abertura para las que tuvieran entre 15 y 19, y así.

Ventanas Buena Distribución del número de ventanas en Inglaterra. Primera gráfica, entre 1747 y 1757; segunda, entre 1761 y 1765. Fuente: The Window Tax: A Case Study in Excess, de Wallace E. Oates y Robert M. Schwab.

La medida estaba muy lejos de ser perfecta, y, de hecho, aunque se concebía como impuesto progresivo, lo cierto es que tenía mimbres regresivos. Como reflejó Adam Smith en La riqueza de las naciones, la casa prototípica de alquiler por diez libras en el campo, el tipo de vivienda en las que se alojaban de forma desproporcionada los pobres, tenía de media más ventanas que la mansión de 500 libras de alquiler del centro de la ciudad.

La política fomentó desigualdades e injusticias que intentaron subsanarse con exenciones, por ejemplo a granjas, a grandes fábricas, a queserías o a viviendas que necesitasen circulación de aire, pero abierta la puerta a la excepcionalidad, los pudientes se aprovecharon. Si, por ejemplo, allí donde residiesen enfermos crónicos se limitaría el impuesto, muchas familias de bien contaban con miembros débiles de salud. Como de todo tiene que haber en la viña del Señor, todo ello causó también un alarde ventanal entre ciertos miembros de la élite: 45 ventanas mejor que apenas 20. Pero este grupo eran los menos.

El robo de luz y aire

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La gente retorcía la realidad al máximo para librarse de la pesada carga. Según los documentos de la época, tan pronto como en 1718 el Gobierno se dio cuenta de que los ingresos por los impuestos a las ventanas habían empezado a disminuir. En Inglaterra la gente había empezado a tapiar con ladrillos las ventanas de su casa a la espera de una esperada reforma fiscal que podría estar a la vuelta de la esquina (spoiler: el impuesto tardó un siglo y medio en derogarse), mientras que en Gales hicieron lo propio pintando de negro los cristales y creando ilusiones ópticas con la pintura.

Era común eliminar dos o tres ventanas para no exceder ese “límite” fiscal de 9 ventanas a partir del cuál se te subía el tipo impositivo, pero como reflejan las fotografías de Andy Billman hay quien fue hasta el final con su tacañería bloqueando la luz de todos y cada uno de los orificios de su casa, viviendo en una asequible penumbra.

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En 1851 se reportó que la producción de vidrio llevaba estancada desde hacía 40 años a pesar del gran aumento de población y construcción de nuevas viviendas, por motivos obvios. La propia arquitectura urbanística cambió para planear casas con menos ventanas, aunque mucho más anchas y altas.

El impuesto a las ventanas se conocía popularmente de otra manera: el robo a la luz y el aire, por la opresión que empujaba a la gente a prescindir de estos elementos tan necesarios para la existencia. Y no les faltaba razón: según se desprendió, el efecto adverso más importante de la medida recayó en la salud pública. Según estudios de médicos de la época, se descubrió que las condiciones insalubres resultantes de la falta de ventilación y aire fresco favoreció la propagación de numerosas enfermedades como disentería, gangrena o tifus. En un suceso de 1781, una epidemia de tifus mató a varios habitantes de Carlisle. Un doctor rastreó los orígenes del brote y dijo haberlos encontrado en una casa en la que vivían seis familias pobres. Hay que tomarse con un grano de sal lo que dice, pero esto es lo que escribió:

Si bien los pobres ya podían permitirse de por sí hábitats con pocas ventanas, para reducir el impuesto los habitantes prescindieron de todas ellas. […] El olor en la casa era abrumador y ofensivo hasta un grado insoportable. No hay evidencia de que la fiebre fuese importada de fuera a esta casa, pero se propagó desde ella a otras partes de la ciudad. A causa de este brote han muerto 52 habitantes de la ciudad.

Durante una comisión de investigación parlamentaria del asunto en 1846, las asociaciones de médicos calificaron la medida como, de entre todas las existentes, "la más perjudicial para la salud, el bienestar, la propiedad y la vida industrial de los pobres y del conjunto de la comunidad en general". En 1851 la ley fue derogada y reemplazada por un impuesto a la vivienda ajeno a la luz.

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